ÉTICA Y MORAL EN LA BIOÉTICA
Cuando hablamos de bioética, hablamos del derecho sobre la vida y la muerte y en donde todo y cualquier discurso implica juicios morales. Este es el punto clave del estudio de la bioética, en mi opinión: lo que es y lo que no es moralmente aceptado. De esa forma, se intenta regular, y a veces limitar, la actuación de la medicina y sus avances tecnológicos. Pero antes de tratar de la tecnociencia, me gustaría hacer unos planteamientos acerca del tema:
¿Hablamos de vida o de vida humana?
La biología es clara cuando explica lo que es vida: aquello que distingue a los reinos animal, vegetal, hongos y protistas (según autores, también los virus) del resto de manifestaciones de la naturaleza. Implica las capacidades de nacer, crecer, reproducirse y morir, y, a largo plazo, evolucionar. O sea, si estamos estudiando una ciencia que defiende el derecho a la vida y a la muerte, nos referimos también a la vida animal y a los árboles, ¿no?
Cuando la clonación de la oveja Dolly, toda la discusión no fue si era correcto o no clonar un animal, sino que qué consecuencias este avance de la ciencia podría suponer para el hombre. Si fue posible generar una vida a partir de las células de otra, ¿ podría también eso aplicarse al ser humano? Hasta el día de hoy la ciencia no demostró (públicamente) que eso sea posible, aunque muchos creen que en algún lugar del planeta, existen científicos que ya lo hayan hecho.

Injaz, el primer dromedario clonado del mundo, nació este Abril en Dubai.
¿Tratase del derecho del hombre o del derecho de algunos hombres?
A lo largo de la historia, los mismos hombres que hoy condenan la eutanasia, el aborto, la clonación o el uso de las células madre, han utilizado seres humanos en experimentos médicos. Las pruebas de Josef Mengele durante la 2ª Guerra Mundial, la Escuela de Willowbrook, el caso del “Jardinero Fiel” o el Hospital Judío de Enfermedades Crónicas son algunos ejemplos. Por supuesto, estas prácticas fueron completamente desaprobadas, pero aun así representan el avance de la medicina a cualquier precio. Y la sociedad ya llegó a un acuerdo, por lo menos en este punto: lo que hay que primar en la investigación es la dignidad humana por encima de todas las cosas.
Por eso, fueron establecidas leyes, tratados y documentos para intentar proteger esa dignidad humana, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Código de Núremberg y la Declaración Internacional sobre los Datos Genéticos Humanos. Está claro que la existencia de una ley no implica su cumplimiento. Pero sí que significa que uno puede luchar por sus derechos, además de prever una punición para los que la infrinjan.
Sin embargo, el carácter universal de los derechos humanos está limitado a la tinta de los documentos donde fueron impresos. Al final, mientras miles de niños mueren de hambre, algunos países tiran su excedente de comida en el océano para evitar la bajada de precios. Y la guerra electrónica, con sus proyectiles súper poderosos, es capaz de destruir una ciudad y todos sus habitantes en minutos y a distancia – todo televisado, por supuesto. La vida, la muerte y los derechos humanos entran en colisión con la economía, la política y el poder.
¿Mejor para el ser humano o para la religión?
El Principio de la Autonomía está íntimamente ligado al respeto a las personas, a la confidencialidad, a la protección de datos y a la libertad del sujeto. La libertad que tienen los seres humanos, dotados de inteligencia y poder de decisión, para actuar independientemente. Para decidir sobre su vida y todos sus aspectos – incluyendo su muerte.
El hombre tiene el derecho a saber la verdad sobre su cuerpo y de disponer de él. Así, no seria lógico suponer que si uno quiere quitarse la vida, ¿no está en su derecho? Si una mujer decide hacer sexo con otra persona y cobrar por eso, ¿no está en su derecho? ¿Estas cuestiones son éticas o morales?
Si hiciéramos estas preguntas a un católico fervoroso, seguramente él no estaría de acuerdo con ellas. “La vida nos da Dios, y sólo Él nos la puede quitar”, diría. Sin embargo, esta misma persona, si tuviese un ser querido con un cáncer, no dudaría en someterlo a una operación para la extracción del tumor, ¿verdad? En este caso, ¿no estaría él en contra el principio de que SÓLO Dios puede dar o quitar la vida? La interferencia de un médico y de la tecnología para salvar vidas representa la interferencia del hombre en la lógica cristiana de que sólo un ser superior puede entrometerse en el destino de nuestras vidas. O entonces, nos lleva a creer que, en el mundo moderno, el médico es el nuevo Dios y nuestras vidas están en sus manos.
LA BIOÉTICA DE LA VIDA
La tecnociencia ofrece, a cada día, nuevas posibilidades para la vida humana. De esa forma, nacer ya no representa un orden natural, sino que una práctica asistida, planeada y manipulada.
Las técnicas reproductivas hacen con que el sexo y el contacto humano desaparezcan del proceso, además de inserir otra persona por en medio – el médico, el nuevo Dios. La reproducción humana ya es un hecho artificial. Y mientras la Iglesia Católica condena la utilización del preservativo y el estudio con células madres, miles de personas realizan fertilización in Vitro, inseminación artificial u otras técnicas reproductivas – y nadie las condena por eso. Una vez más yo pregunto: ¿se tratan de temas éticos o morales?
Pero la tecnociencia sigue su camino en busca de la divinidad. Ahora, aparte de permitir que parejas estériles tengan hijos, los avanzados estudios genéticos empiezan a promover una verdadera discriminación genética, en donde los padres pueden elegir las características físicas de los hijos, además de seleccionar los genes de manera que enfermedades no sean heredadas o desarrolladas. Son técnicas para mejorar el ser humano y garantizar una vida más larga y más sana. Una sociedad hedonista y que valora el ‘Más’ (más guapo, más rico, más fuerte, más sano, etc), está a punto de alcanzar su triunfo y generar el ¿ser humano perfecto?

En este punto, es inevitable volver a hablar de la película Gattaca, de 1992. Considerada ciencia ficción en su día, hoy la historia de la pareja que elegía hasta el color de los ojos de su futuro hijo y del protagonista que no era genéticamente perfecto y, por eso, tenia que huir, se transformó en la descripción más probable del futuro próximo.
Tantos cambios en la medicina, naturalmente, están suponiendo mudanzas estructurales en nuestra sociedad. En el ámbito del derecho, cada país, a depender de su cultura y costumbres, elabora leyes que permiten o no ciertas prácticas reproductivas. De esa forma, vivimos la época del “turismo reproductivo” entre diferentes países del mundo: lo que no se puede hacer en España, se hace en EEUU, por ejemplo, y viceversa.

Una pareja que no puede tener hijos puede viajar a Estados Unidos y, como los famosos Sarah Jessica Parker y Mathew Broderick, contratar una madre de alquiler.
Sin embargo, los cambios sociales y los impactos psicológicos son los que saltan a la vista. Al final, no debe de ser fácil para un niño entender que él fue generado en un tubo de ensayo y, posteriormente, creció en la tripa de una mujer que no es su madre. O que su madre murió dos meses antes de él nacer, pero que la mantuvieron viva con aparatos hasta que él estuviese listo para venir al mundo. Y si un hombre dona su semen, puede que 25 años después aparezca un joven en su puerta llamándole ‘papa’. Es demasiado hasta para Hollywood.
La “medicalización” de la reproducción también está permitiendo que personas consideradas mayores puedan generar hijos, hasta el punto que una andaluza de 67 años acaba de convertirse en la parturienta de más edad. Se trata de otra situación que supone fuertes choques psicológicos para los niños (que además han sido gemelos). Y este puede que sea el menor de los riesgos: en casos como ese, hay que tener en cuenta si es justo y correcto con los bebés, puesto que estos padres no vivirán muchos años ni tendrán energía y disposición para acompañar el desarrollo de dos niños y, posteriormente, dos adolescentes. Ojala la misma tecnociencia que fue capaz de hacerla madre a los 67 años, sea capaz de permitir que ella siga siendo madre-abuela por muchos años.
Alguien ya se ha preguntado ¿por qué actualmente tantas personas no pueden tener hijos? A lo mejor, la baja calidad del semen y los problemas de fertilidad sean resultado de tanta manipulación humana. O sea, cuanto más perfectos intentamos ser, más imperfectos nos quedamos.
El cambio de la estructura familiar es otro aspecto, quizás el que tiene más relevancia social, a ser estudiado. Nuevos e impredecibles modelos de familia se están desarrollando, y una misma persona puede tener dos padres, dos madres, una madre que es abuela y una hermana que es madre. Esta claro que la maternidad pierde su carácter biológico para transformarse en un factor social: ser madre es, ante todo, un deseo personal, una planificación de la pareja, y no una consecuencia natural.
Pero es igualmente importante reflexionar que, de esa forma, muchos niños están viniendo al mundo a partir de la decisión exclusiva de una instancia superior: el afecto. Al final, tener un hijo es una opción del corazón, no de la técnica.
LA BIOÉTICA DE LA MUERTE
Según Baudouin y Blondeau, en “La Ética ante la muerte y el derecho a morir”, nuestros ancianos están sufriendo la tragedia de la soledad, caracterizada por el aislamiento y abandono por parte de la familia. Y es que no se puede culpar a la familia cuando el problema es social: queremos ser superiores a nuestros inferiores e igual a nuestros superiores. Los dogmas de la modernidad piden que sigamos jóvenes, guapos, sanos, fuertes. ¿Cómo desarrollar el respecto por la tradición y por los mayores ante una juventud con estas creencias?
El materialismo y el consumo no sólo se desgastan rápido, sino que desgastan rápidamente. Estamos perdiendo lo esencial y, cada vez más, nos preguntamos “por qué” y “para qué”. De hecho, el próximo paso de la tecnociencia es entender la mente humana, que se ha desarrollado hasta el punto de cuestionar la propia existencia y el sentido de la vida y de la muerte.
Hablemos, por ejemplo del aborto y la eutanasia. Una corta la vida en su inicio, la otra la poda en su final. En la primera, la decisión de una persona encierra la vida de otra. En la segunda, la decisión de una persona de finalizar su vida precisa de la interferencia de otra. En los dos casos, estamos delante del diálogo entre la vida y la muerte y, principalmente, de la autonomía que cada ser humano tiene (o debería de tener) sobre su vida y su cuerpo.
¿Hasta cuándo vale la pena tratar a quien la medicina ya no puede ayudar? La interrupción del tratamiento, no querer someterse a enseñamientos terapéuticos o la eutanasia (activa o pasiva) representan el completo dominio del hombre sobre si mismo (por supuesto, hay que tener en cuenta la salud mental del paciente). Ejercer el derecho de querer morir no puede ser considerado un crimen. Como dice McCormick, cuando un individuo se pone en manos del doctor, se compromete con los servicios de éste; pero no abdica a su derecho a decidir su propio destino. Con ese pensamiento, los principios de la beneficencia y de la autonomía conviven en armonía.
CONCLUSIÓN
Como hemos visto, los cambios culturales y el advenimiento de las tecnologías imponen un replanteamiento del valor mismo de la vida humana - a través de la pregunta por la muerte nos preguntamos por la vida. Hoy es posible manipular la vida y la muerte. Personas estériles y mayores pueden tener hijos, las enfermedades son curadas, el dolor físico es aliviado, la esperanza de vida aumenta… ¿pero vivimos mejor por eso?
El hombre moderno está acostumbrado a pensar que puede controlar todo, puesto que su mundo ha sido creado por él, fabricado, hecho, construido. Por eso, la muerte significa para él lo incomprensible, lo que no se puede impedir. Y esa consciencia genera una especie de trauma que tiene como consecuencia su total negación: el hombre pasa entonces a rechazar la muerte, que es vista como un fracaso médico y tecnológico.
Como la inmortalidad aún no fue alcanzada, la salida es hacer con que la muerte sea indolora. Para eso, están las terapias, los quirófanos y todas las herramientas de la medicina. Y, de la misma forma que sucede con el nacimiento, la muerte se vuelve artificial.
En ese intento de distanciarse de la muerte, el hombre efectivamente se aleja del enfermo. Así, el hospital pasa a ser la última morada. Al contrario de lo que pasaba antaño, cuando la despedida era en casa, al lado de los tuyos. Hoy, la muerte es esterilizada y maquillada – por empresas especializadas.
Por fin, es importante decir que la medicina y la tecnología son meros instrumentos de transformación. Son los valores culturales y sociales que condicionan la realidad.
[La ciencia no es conciencia]
Baudouin y Blondeau
Baudouin y Blondeau
No hay comentarios.:
Publicar un comentario